Redatia

¡UN MUNDO DE ARTÍCULOS POR LEER!

Anecdotario tapatío: La noche que llegaron los bomberos

25 enero, 2018 | Dulce Villarreal

Nuevas unidades del cuerpo de bomberos de Guadalajara, 1960

  La siguiente anécdota fue extraída del libro "Guadalajara: identidad perdida" escrito por Javier Hernández Larrañaga.

Para mí siempre fue un misterio la actividad empresarial de don Enrique Pérez, un hombre muy serio y solemne, con la cruz de la enfermedad de su señora esposa siempre tan encerrada y sola.

Hay cosas de su familia que no se me olvidan: la vez que Bella se fue de vacaciones a Chihuahua, se fue niña y regresó mujer (¿será eso posible en dos meses?), por lo menos así es como lo recuerdo yo, o cuando don Enrique estrenó aquel hermoso carro (¿Plymonth 1949?) que le duró toda la vida; al principio flamante y envidiable, al final casi una reliquia que creo todavía su hijo Enrique El Kikis alcanzó a heredar. Este Kikis era el mismo que a veces nos acompañaba de día de campo hasta entonces muy lejano cerro del Cuatro que ahora está casi totalmente habitado. También recuerdo a una muy bonita sobrina de ellos que de repente llegó a un día de Puerto Vallarta, y como ella si era chiquilla como yo, me dejó el corazón acelerado todavía mucho tiempo después de que desapareció del barrio.

Pues bien, hace muchos años que la Cruz Roja quedaba por la calle de Juan Manuel, a dos cuadras de mi casa, por lo que las sirenas de las ambulancias, y muchas veces las patrullas, eran algo tan común que cuando pasaba algún tiempo sin oírse una sirena era cuando sentíamos que algo raro estaba pasando, y asó nos quedamos acostumbrados a ese tipo de sirenas por muchos años.

Las sirenas de los bomberos eran muy otra cosa; las oíamos pocas veces y eran por lo menos para mí muy notables y diferentes. Una noche de no sé qué año de repente hubo una gran conmoción en el barrio; sirenas de bomberos se apagaban precisamente en la cuadra de mi casa, la gente del barrio se arremolinaba junto al cerco de seguridad tratando de averiguar qué pasaba; por supuesto que yo consideré que mi presencia era imprescindible en el lugar delos hechos.

Pronto averigüe el motivo: de la cochera de la familia Pérez salía un humo denso, pesado y muy blanco; las puestas de la cochera eran entonces de madera y los bomberos empezaron a tratar de abrirla no sé si con la llave o sencillamente a hachazos. Cuando lograron abrirla el humo encerrado salió de golpe y de repente no se pudo ver nada, al disiparse aquel fantasma blanco todos fuimos testigos de una cochera llena de cocos secos ¡quemados! Resulta que la bomba que enviaba agua de la cisterna al tinaco no tuvo, a causa de los cocos que la rodeaban, el espacio necesario para su enfriamiento natural, y el sobrecalentamiento provocó a su vez un corto circuito cuyas chispas alcanzaron a prender las envolturas secas de aquellos cocos, provocando el incendio y la intervención de los bomberos.

No sé cómo terminó este incidente, de lo que sí estoy seguro es de nunca volví a ver cocos en la cochera del solemne don Enrique.