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Testimonios entre la tinta y piel

29 diciembre, 2017 | Dulce Villarreal

Víctor Camacho

     -Tenemos que ir por él capitán-

     -No, nadie cambia el rumbo de la nave hasta que yo lo indique-

     -Pero capitán, si no giramos ya no podremos alcanzarlos, el viento está a favor de ellos...

-Esa es pura basura. Pero no me mal interpretes Rufino, es pura, está en su máximo esplendor, es natural, eso es algo que ya no valoran. Has creado basura, pero la mejor en su tipo, de eso no hay duda-

Rufino no dejaba de teclear en la máquina. Podía sentarse horas a escribir en el comedor con la barbilla de Clara pegada en sus hombros. Sus comentarios los ignoraba. En ocasiones él producía una mueca, o se sacudía un poco para alentar a su mujer de seguir con los comentarios al oído. Lo tomaba del bigote y Rufino de manera suave quitaba su mano. Ella, mientras, seguía cada palabra que se estampaba en la hoja. Esperaba a que el párrafo terminara y comentaba lo malo que había sido. Como había perdido hilo de la historia, o que era un pequeño texto abrumador y sin sentido.

-Tienes que renunciar a ese trabajo tuyo de escritor. Nada de lo que he estado leyendo sirve. Podemos comer de otra cosa. Tengo mis clases en la universidad, y tú podrías pedir otro empleo. Quizá uno de editor, sí, eso es. Eres pésimo en los argumentos, son repetitivos, y no siento una atracción a ninguno que me has presentado. Pero tus ideas tienen sentido, son limpias, están bien redactadas. Tu prosa  es digna de revisar la de otros. Imagina cuantos talentosos escritores querrán que Rufino Agnest, nombre absurdo de artista, revise sus textos. Llama ahora mismo a la editorial y diles que renuncias, cuelgas y vuelves a llamar pidiendo empleo-

De Rufino solo contestaba la máquina.

Tap...

Tap...

Tap...

-Puedes llamar más tarde. Quizá estén trabajando en una novela y no tengan tiempo de contestarte a ti-

Tap...

-Vivimos en un mundo repleto de cosas que no sirven para nada, y deja decir que entras en esa categoría-

-Calla-

La rutina era aquella. Presionar hasta  llegar a la preciada palabra. La que no estaba escrita, que no tenía que leerse y era fonética. Se escuchaba como poesía. Si ambos estaban de buen humor, ella seguía presionando para exprimir quizá un gesto, o con suerte otro sonido.

-No te alteres Rufino, no es para tanto. Además empecé con un alago ¿no lo recuerdas? Dije que tu trabajo era puro-

Tap...

-Dime algo-

Tap...

Su barbilla seguía en el mismo lugar derecho de Rufino. Lo tomaba por los brazos. Su espalda estaba encorvada y movía las caderas. De la ventana entraba un ritmo de salsa lento desde la calle.

-Sé que no hablamos, que no es lo tuyo, tú escribes y eso lo entiendo. Pero debes comprender Rufino. Estás en crisis, como todos lo estamos. Aunque, en realidad, tus libros nunca han sido buenos. Eso lo sabe Rubén ¿Cierto? Tu editor. Desde el principio sabía de tus textos y de su incapacidad. El pedante de tu editor, compadre de cantina y más grande admirador. Desde antes que empezaras a escribir ya estaba la crisis. Rubén vio el futuro en tus libros para lectores sin crítica y una gran falta de sentido del humor. Bromear en medio de una batalla naval, bastante ingenioso, pero no necesariamente bueno. La broma en un momento crítico parece ser invento tuyo. Deberías quizá inventar una caja que tu editor crea mágica, que transmita imágenes Rufino, y tú mismo escribir algo para la caja. Tendrías un gran alcance, así podrían celebrar Rubén y tú como siempre lo han hecho-

Tap...

Clara dejaba de leer por voltear al reloj. Hace tiempo que no se producen muchos sonidos en casa. Antes, en la pared, se recargaba un gran reloj de madera que tocaba una campana cada hora. Pero hace unos años lo habían robado, aunque ella no creía esa versión contada por Rufino. Creía más en una  donde él no quería competir con el ruido de las manecillas. Cinco campanadas seguidas cuando ambas manecillas apuntaban al departamento de arriba. Un ceño fruncido del escritor.

-Son las doce Rufino-

Tap...tap...tap...

-Son las doce ya, mira tú mismo, no te miento-

Tap...

Tap...tap...tap...

El reloj negro en la pared no se distinguía. Era pequeño y costaba trabajo ver donde apuntaba la hora. Rufino seguía inmóvil en la silla del comedor. Ahora tardaba un poco más en terminar un párrafo. Ponía un dedo en su cabeza y seguía tecleando, pensaba mientras escribía espacios en blanco, no desperdiciaba una idea en el aire, pero tampoco la plasmaba con tinta. Clara no entendía aquella manía de su esposo, verlo colocar hojas blancas, una tras otra dentro del manuscrito. Sus dudas no eran palabras, pero no podría dejar sus dedos bailando en la mesa.

Tap...tap…tap…

Tap...tap...tap...tap...tap...

-Deja eso ya Rufino. Solo por esta noche. O mejor ya no escribas más nunca. Me cansé de ver como siempre soy tu mejor personaje y el gran cariño que todos le tienen. Yo solo siento tus hombros. Mira el párrafo, revisa de nuevo, es basura pura, un capitán derrotado que vuelve al puerto a descansar en los brazos de su dama, ansiosa a su llegada, derretida de rodillas. Por eso descanso en tu espalda, detrás de tu cabeza o a un lado, soy solo ficción y mentiras. Debes tener una espléndida memoria para recordar como soy. Saber cómo me siento, cómo es mi piel, mis labios, mi cintura y mi llanto. ¿O es que es al revés Rufino? Creas todo eso y yo lo imito. Soy tu hoja en blanco-.

Tap...

-Mira que tu silencio no me molesta, la gente vive en silencio sin problemas. Pero la indiferencia se siente distinta, lo callado de alguien está en el aire. No tengo ninguna aflicción al vivir rodeada de la nada que generas. Si tampoco enciendes la radio como antes, me parece bien. Pero no Rufino, no puedo con tu apatía. Esa se siente caer en mi cuerpo. Tú ya lo sabías desde antes, seguro está en alguna de tus hojas blancas ya archivadas, lejos de nosotros-

Tap...tap...tap...tap...tap...tap...tap...

-No lo sé Rufino-

Cerró los ojos y dejo caer el peso de su cuerpo. Se sentía cansada, tenía horas sin moverse de los cabellos largos y grasos de su esposo.

Tap...tap...tap...

-Soy mercancía para ti Rufino. Soy un personaje que vendes en todas las librerías, y que a la vez tiene que intentar vivir contigo en un departamento azul, pintado en honor a tu primera portada, el ingenio que dices portar lo reflejas siempre. Todos en la calle saben que soy mercancía, mis compañeros en la universidad me ven de izquierda a derecha buscando palabras en mi rostro, alguna aventura o un poema inédito tuyo. Sentir tinta cayendo siempre de mis ojos y soportar las preguntas sobre mi negro llanto, es cuando comprenden quién soy que me ven con pavor, con miedo de disparar contra ellos como lo hago contigo para la conquista de una ciudad en Medio Oriente. Insoportable Rufino, me has vuelto mercancía-

Tap...

-Pero no son mentiras. Quizá tengo razón y solo soy la carne y hueso que encontraste parecida a la verdad que vive en tu cabeza-

Tap... - Detente Clara-  tap...

-Son las doce Rufino, las doce y cuarto-

Tap...tap...

-¿Rufino?-

Tap...